Se conmemoran 10 años de una de las mayores tragedias ambientales que ha sufrido el Distrito Capital y el país: el derrumbe de 800 mil toneladas de basuras en el Relleno de Doña Juana, el principal botadero de basuras de la ciudad de Bogotá.
He vivido en el sur de la ciudad durante toda mi vida. Recuerdo perfectamente ese día, 27 de septiembre. Era sábado y a eso de las 4 o 5 de la tarde, alcancé a escuchar un fuerte sonido a lo lejos parecido a cuando estalla una bomba, del cual pensamos mi familia y yo que había sido cualquier cosa, menos un derrumbe ocasionado por miles de toneladas de basura. En la noche nos enteramos que era lo que realmente había sucedido. Durante los meses siguientes tanto en el día como en la noche tuvimos que aguantarnos un nauseabundo y fuertísimo olor en el ambiente del cual incluso recuerdo perfectamente su característica, de la cual preferiría no acordarme.
Si así fue en mi caso, imagínense como la tuvieron que pasar los habitantes de barrios y zonas semi-rurales cercanas al relleno, especialmente de las localidades de Usme y Ciudad Bolívar. El sur de Bogotá vivió una emergencia sanitaria sin precedentes en donde los hospitales no daban abasto por la cantidad de personas que llegaban enfermas por los hedores y las plagas que se habían generado después de la tragedia y atacaban a la comunidad aledaña.
Sin embargo y después de 10 años, la tragedia y el conflicto persisten para las personas que siguen viviendo cerca del relleno y amenazadas por una eventual expansión del mismo, pues lo mas paradójico es que el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Bogotá, ha estipulado su ampliación entre 300 a 500 hectáreas más, a cuestas de la población aledaña de tipo semi-rural y en condiciones de vulnerabilidad social, situación que significaría un desplazamiento forzado al interior de la ciudad.
Actualmente, Doña Juana es uno de los rellenos más grandes del mundo y según la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos de Bogotá (UAESP) y el consorcio privado que administra el mismo, “el relleno sanitario más moderno del mundo”. Pero la tecnología con la que cuenta el relleno actualmente para el manejo de residuos y lixiviados, no es suficiente para tratar las 36 millones de toneladas (o más para no sonar catastrófico) de desechos que ocupa 450 hectáreas. Sumado a esto, es el único lugar para el depósito de las basuras con que cuenta Bogotá y como van las cosas de la región central del país. Lo peor de todo es que como el relleno es un negocio, su permanencia y extensión es vital. Ejemplo de ello es que el relleno completó su capacidad este año y la licitación de su administración fue extendida hasta el año 2015, justificando así la ampliación que estima el POT.
El tema de Doña Juana ha sido motivo de debate durante años e incluso de fuertes discusiones y movilizaciones en torno a este conflicto. Hoy la comunidad vecina al relleno, la cual sigue en pie de lucha, conmemorará la tragedia apostándose pacíficamente a la entrada al relleno a un costado de la avenida Boyacá por la salida hacia el Llano.
Estas movilizaciones han generado actos importantes como el fallo del 24 de mayo de este año que hizo el Tribunal Administrativo de Cundinamarca, en donde se responsabiliza al Distrito Capital por la tragedia e indemnizar a las víctimas directas de la tragedia, sin embargo el Distrito apeló el fallo. Además se han brindado algunas alternativas que, sin embargo, por voluntades políticas no han tenido impulso.
Lo que si vale la pena decir es que el problema estructural no se ha atacado. Doña Juana nos hace recordar que nuestro modelo de sociedad legaliza la basura y nos condena a no poder disfrutar de un ambiente sano. En vez de que los dineros públicos sean invertidos en ampliar y “mejorar” el relleno, se debería trabajar en verdaderos programas integrales de manejo de residuos sólidos en todos los sectores de la sociedad, tanto públicos, como privados y del sector productivo.
¿Acaso no es posible otro modelo de ciudad que no sea la basada exclusivamente en el desarrollo productivo y el consumismo? ¿No se puede vivir dignamente por lo menos?
No imaginan lo que tienen que vivir todos los días la gente que vive cerca del relleno, por que de igual forma éste les fue impuesto y el resto de la sociedad piensa que después de arrojar a la caneca todo lo que producimos sin un debido tratamiento, se acabó con el problema.